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| Enero - Junio 2007, Vol. 2, No. 1 | ||||||||||||||||||||||
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| OAXACA REVELA NUEVOS SECRETOS... Y DE PASO, ALGUNOS DE PUEBLA.
Eduardo Contreras Soto |
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| Fernandes, Gaspar ca. 1570-1629, El Cancionero Musical de Gaspar Fernandes/ Capilla Virreinal de la Nueva España; Aurelio Tello, director. México: Quindecim, QP-139, 2005. (La música de la Catedral de Oaxaca, México: Esplendor de la Música Virreinal, I). | ||||||||||||||||||||||
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| Sumaya, Manuel de ca. 1680-1755, Manuel de Sumaya/ Capilla Virreinal de la Nueva España; Aurelio Tello, director. México: Quindecim, QP-138, 2005. (La música de la Catedral de Oaxaca, México: Esplendor de la Música Virreinal, II). | ||||||||||||||||||||||
| A VECES NOS quejamos demasiado en materia de nuestro desamparo cultural, y dejamos de lado las buenas noticias que también nos acontecen. Pongo por caso el siguiente: hace treinta años, apenas unos cuantos eruditos sabían quiénes eran los compositores americanos de la era virreinal, de 1550 a 1820, y las grabaciones de su música se podían contar con los dedos de la mano; los trabajos pioneros de Samuel Claro Valdés, Jesús Bal y Gay, Robert Stevenson y José de Jesús Estrada, entre otros, apenas empezaban a tener una respuesta en las ejecuciones de los músicos activos de aquella época. De entonces a la fecha, el panorama es otro, abismalmente distinto: conocemos decenas de nombres de músicos de aquella época cada vez menos oscura, y lo mejor de todo, su música ha salido de los acervos donde había dormido durante siglos en silencio, para llenar programas de concierto y grabaciones por doquiera, a veces hasta para darse el lujo de comparar versiones de los nuevos éxitos de este repertorio, los cuales son, qué ironía, la música escrita más antigua documentada en nuestra historia continental. De entre las decenas de compositores americanos o americanizados que hoy disfrutamos gracias a tan feliz resurrección documental, se destacan con singulares personalidades dos que trabajaron en la Nueva España en diferentes épocas: Gaspar Fernandes (ca. 1570-1629) y Manuel de Sumaya (ca. 1680-1755).
Estos dos preferidos en el repertorio mexicano actual representan momentos diversos de nuestro desarrollo musical. El portugués Fernandes, llegado primero a Guatemala –a la Antigua Guatemala, claro está– y luego residente en Puebla desde 1606 hasta su muerte, llevó las características del arte polifónico renacentista hasta una culminación gozosa y festiva, y empezó a prefigurar los elementos que hoy asociamos al surgimiento del barroco, como buen contemporáneo de Claudio Monteverdi. Fue Fernandes, además, un individuo del Siglo de Oro en la mejor expresión del término, y no es gratuito que le hubiera puesto música a villancicos de Lope de Vega, otro enorme contemporáneo suyo. En cambio, el criollo Sumaya es el compositor plenamente barroco, combinador de la herencia de su tradición hispánica con las novedades de la hora italiana de su momento, a veces con espíritu arcaizante o conservador, a veces entendiendo muy bien las características que llevaban al estilo galante: un estricto contemporáneo de gente harto conocida como Antonio Vivaldi, Johann Sebastian Bach, George Frideric Haendel, Georg Philip Telemann o Jan Dismas Zelenka, por citar cualesquiera nombres. La carrera de Sumaya se inició en la Catedral de México, pero las vicisitudes de su vida lo llevaron a vivir a Oaxaca en 1739, donde murió tras de una muy brillante carrera y una producción musical que todavía hoy nos conmueve. Como se ve, Fernandes y Sumaya no coincidieron en el tiempo, y probablemente ni siquiera en las ciudades del México virreinal donde vivieron y trabajaron. ¿Qué tienen en común, aparte de ser muy buenos compositores los dos? Por lo menos dos elementos: Oaxaca y Aurelio Tello. En efecto, un cantor llevó de Puebla a Oaxaca un cuaderno manuscrito con unas trescientas composiciones de Gaspar Fernandes; allí se resguardó con las partituras creadas propiamente para su Catedral, entre ellas las que allí mismo compuso Sumaya, y todo este acervo empezó a ser conocido en la segunda mitad del siglo XX, investigado primeramente por Stevenson y otros pocos musicólogos, sobre todo estadunidenses –valga la ironía. Sin embargo, en los últimos veinte años las investigaciones más fructíferas sobre nuestros dos compositores las ha emprendido el peruano Aurelio Tello, cuya labor eminente en el CENIDIM ha generado ya varios tomos de ediciones modernas de las partituras oaxaqueñas, en la venerable serie Tesoro de la música polifónica en México. De hecho, el primer tomo del Cancionero Musical de Gaspar Fernandes, editado por Tello, ya ha recibido el Premio de Musicología Casa de las Américas, y varias de las mejores agrupaciones de música antigua en América y Europa: la Camerata de Caracas, Chanticleer, Ars Longa de La Habana y el Ensemble Elyma, por mencionar algunos nombres célebres, programan sus conciertos y han realizado sus grabaciones partiendo de las ediciones de Tello en el CENIDIM. Ahora bien, si la labor de Tello como recuperador y editor es más que sabida y reconocida con justa razón, no se sabe ni reconoce igual, al parecer, su labor como artista creador y ejecutante; no sólo porque Tello compone música de lenguaje actual, interpretada por solistas y agrupaciones destacadas en varios países de América, pero sobre todo por su labor al frente de la Capilla Virreinal de la Nueva España, por él fundada en 1989. Con este conjunto, que incluye un coro e instrumentistas especializados en el repertorio y la ejecución de la época, Tello ha difundido en conciertos y grabaciones los principales avances de sus propias investigaciones; muestra de ello es su primer registro sonoro, un disco de 33 1/3 RPM dedicado por completo a Sumaya, así como su antología 300 años de música colonial mexicana, recientemente reeditada por Discos Pueblo. Por ello, para quienes tenemos el gusto de conocer a la Capilla y a su director, no nos sorprende tanto –aunque sí causa gran agrado, desde luego– la aparición de sendos discos compactos dedicados a la música de Fernandes y Sumaya, publicados por el sello Quindecim bajo la serie titulada La música de la Catedral de Oaxaca, México: Esplendor de la Música Virreinal. Los dos discos, que tardaron en ser lanzados al mercado, pues habían sido grabados desde 2003, continúan la labor de difusión con la que Tello y sus músicos adelantan e ilustran los resultados de tantos años de investigación, con la ventaja de las condiciones de grabación, que ahora dejan un mejor sonido en la ejecución de estos registros –incluso para delatarles los errores que asoman por algunos pasajes–, y la situación también ventajosa respecto de tiempos anteriores, de que los años ya transcurridos han generado convenciones de interpretación de esta música que permiten elegir los mejores resultados de tantas pruebas y experimentos. Veamos cada disco por separado, puesto que contienen a autores tan diferentes y la música que se conserva de cada uno de ellos responde a condiciones de creación y vida musical diversas. El disco El Cancionero Musical de Gaspar Fernandes presenta una muestra de los distintos materiales que integran este preciado, único y maravilloso manuscrito: una colección que, como bien señala Tello en las notas del disco, hace una justa compañía para cerrar los ciclos de cancioneros creados en el Renacimiento hispánico. Éste de don Gaspar incluye villancicos y chanzonetas con textos que ofrecen distintos manejos idiomáticos, como el castellano clásico de la época, el mismo idioma modificado en la forma como lo hablaban los esclavos africanos traídos a nuestro continente y el náhuatl, todavía importante en la labor evangélica a fines del siglo XVI y principios del XVII. De todos estos manejos del idioma grabó la Capilla Virreinal títulos representativos: tres con textos provenientes de la novela Los pastores de Belén (1612) de Lope de Vega; tres negrillos o guineos, como se les solía denominar en la época, entre ellos Dame albricia, mano Antón, ya famoso y grabado en varias versiones, y Mano Fasiquiyo, que la propia Capilla había grabado en su ya citada antología 300 años... El modo náhuatl está representado en el disco por cuatro títulos, dos de los cuales son también éxitos de las grabaciones de Fernandes por todo el mundo: Xicochi xicochi conetzintle y Jesós de mi goraçón, más conocido por el título Tleycantimo choquiliya. Sobre este último, vale la pena subrayar el comentario de que una edición errónea de Robert Stevenson –por lo demás, alguien que ha acertado tanto en el rescate de esta música nuestra– había antepuesto la segunda parte de la partitura del villancico a la primera original, por lo cual durante años se cantó y grabó con las dos partes invertidas; gracias a la corrección de Tello en su edición, las grabaciones más recientes –incluyendo la que aquí se reseña, por supuesto– ya dan el orden correcto de la partitura, y de allí el cambio del título. El disco también contiene el que parece el único ciclo de piezas en el Cancionero de Fernandes con carácter secular, a lo humano: se trata de un motete, Elegit eum Dominus, y cinco chanzonetas, compuestos para la entrada del virrey Diego Fernández de Córdoba en Puebla, en 1612. El disco Manuel de Sumaya también constituye una grata muestra de los varios ejemplos de música que sobreviven del gran maestro en Oaxaca, y sólo es de lamentarse que la duración de su programa sea tan breve, sobre todo si consideramos todo el tiempo que puede grabarse hoy en un disco compacto. Se trata, básicamente, de himnos religiosos: las secuencias Victimae Paschali y Lauda Sion Salvatorem; de dos villancicos, Aunque al sueño y Del vago eminente imperio, con características muy distintas de los de Gaspar Fernandes; y de un género muy propio de la época de Sumaya, en el cual brilla especialmente su talento: las cantadas, que son tres en este disco, cada una con diferente solista. El de Pedro solamente la canta Nadia Ortega, afortunadamente sin amaneramientos ni vibratos; Ya la Naturaleza redimida corre a cargo de Ruth Ramírez, una de las integrantes veteranas de la Capilla Virreinal, y cuya voz tiene una textura muy peculiar; Oh muro más que humano –ya grabada antes por la Capilla– es interpretada en esta ocasión por Josué Efraín Piedra, poseedor de un timbre vocal muy claro, definido y agradable. Aunque en ambos discos la ejecución musical presenta algunas imperfecciones, como ya señalé, no son tales que impidan disfrutar el conjunto, y el resultado final deja una sensación de gran placer por toda la riqueza y complejidad que desbordan los dos compositores con los lenguajes y recursos de sus épocas. En especial, me parecen grandes logros los hallazgos sonoros en Dame albricia, mano Antón, con el coro cantando al unísono las coplas, o esa joyita llena de onomatopeyas –evocadora del género de las ensaladas– que es Campanitas de Belén. Si en Sumaya aplaudimos la elegancia para organizar los ciclos armónicos y los calculados efectos de correspondencia entre el sentido de los textos y su expresión emotiva mediante la música, al oír a Gaspar Fernandes no podemos dejar de sentir una profunda alegría fresca, casi inocente, de ese gozo tan corporal como espiritual por la vida, sencillo y complejo a la vez, que nos da todo el bendito arte producido en el Siglo de Oro. Merecen una gran bienvenida los discos de la Capilla Virreinal de la Nueva España dedicados a estos grandes abuelos de nuestra música, lo mismo por ratificar el trabajo ejemplar de Aurelio Tello y sus colaboradores que por enriquecer ese pasado artístico con el que nos estamos reconciliando para definir con rasgos más acabados el mejor retrato posible de nuestra polifacética identidad cultural. México, 7 de enero de 2007 VERSIÓN en PDF (210 kb) |
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